Investigadores estudian la llamada galería de las Conchas de la cueva de la Victoria. RAQUEL GARRIDO

Hace sólo una semana saltó a la actualidad informativa por una desgraciada noticia relacionada con el progresivo abandono que ha sufrido y las pintadas realizadas en su interior. Pero enfrascados en la habitual batalla política y entre administraciones por buscar culpables, de lo que se ha hablado poco es de la necesidad de valorar y conservar el patrimonio único que atesora la Cueva de la Victoria por ser uno de los 400 yacimientos estudiados en todo el mundo con arte Paleolítico en sus paredes.

No es la única característica que lo convierte en un espacio digno de los mayores honores de protección. Lo sabe bien el arqueólogo Pedro Cantalejo (izquierda), que junto a su equipo fue el último investigador de esta cavidad de la que analizó y catalogó el arte que los prehistóricos de hace 30.000 años ya dejaron plasmado en sus paredes. “Su principal valor es que todo el proceso histórico de la bahía de Málaga está contado en su interior durante 30.000 años de uso, en los que se produjo la transformación de los dos grandes modos de vida de la prehistoria”, aseguró el también técnico del área de Patrimonio del Ayuntamiento de Ardales.

Su primer uso como refugio data de hace 30.000 años. Las cuevas del Cantal -a la que pertenece la de la Victoria-, los acantilados y las grandes playas de la Cala y Rincón de la Victoria que durante los picos fríos constituían unas plataformas continentales con mayor superficie dado el bajo nivel del Mediterráneo en esos momentos, constituyeron el espacio vital idóneo de uno de los grupos humanos estables de la bahía de Málaga.

Según el estudio realizado por el equipo de Cantalejo, titulado Prehistoria en las cuevas del Cantal, las claves de la ocupación de un espacio como éste son que “los ecosistemas que se abren al aprovechamiento de sus recursos son extraordinarios y permitieron afrontar la vida con suficientes garantías de supervivencia, afrontando una movilidad estacional necesaria para el aprovisionamiento económico e imprescindible y evitar el aislamiento social”.

Y es que los pobladores de la provincia de Málaga durante el Paleolítico superior se beneficiaban ya de las bondades de un tiempo tan benévolo como el de la Costa del Sol instalando en las cuevas de la bahía de Málaga su residencia invernal para únicamente ir al interior, donde el frío hacía muy difíciles las condiciones de vida, a cazar los grandes mamíferos y recolectar frutos, hierbas y todos los alimentos más difíciles de encontrar en la costa.

Los cazadores, recolectores y pescadores que vivieron en Málaga hace entre 40.000 y 10.000 años, periodo que abarca el Paleolítico superior, mantenían lo que se conoce como un nomadismo restringido al usar distintos territorios de la provincia en función de las estaciones del año para sacarle el máximo partido a los recursos y el clima de cada momento.

Eso hacía que durante la estación cálida, es decir, la mitad de la primavera, el verano y parte del otoño, los grupos humanos trasladaban sus campamentos a las sierras interiores, como es el caso detectado en la Cueva de Ardales, para aprovisionarse de cara al invierno. Cuando terminaban todas estas tareas y el sombrío invierno amenazaba con llegar, justo después de la berrea de los ciervos, estos grupos hacían el equipaje de vuelta a la Costa con el río Guadalhorce como guía.
A partir de recorrer los 40 kilómetros que separan uno y otro punto, cada grupo se distribuía entre las cuevas de La Araña, Torremolinos, Benalmádena y, por supuesto, Rincón de la Victoria. La gran ventaja que les daba su cercanía con el mar, cuyo nivel en ese momento estaba más lejos que el actual, era la pesca y el marisqueo.

El estudio del grupo d investigación de Cantalejo determinó que estos comportamientos vitales hicieron que los emplazamientos quedaran consolidados, lo que explica “la gran importancia que tiene la conservación y estudio de unos yacimientos que se encuentran en el origen de una relación de miles de años con los seres humanos”.

La pintura rupestre esquemática es una de los singularidades de la Cueva de la Victoria. / SUR
Se cree que los primeros pobladores de las cuevas del Cantal, un complejo subterráneo de más de de dos kilómetros de recorrido que incluye también las cavidades llamadas del Tesoro y del Higuerón y donde se han encontrado 80 zonas pintadas durante la prehistoria, se adentraron primero en la cueva de la Victoria y con sus lámparas de grasa de tuétano exploraron su interior en busca de un refugio sin alejarse demasiado de la luz natural.

El lenguaje gráfico que estos primeros grupos de exploradores empleó consistió en tocar las paredes con las manos y los dedos manchados de pintura roja mediante la aplicación directa del polvo extraído del raspado de óxido de hierro. Con estos gestos, que estaban presentes en su cultura, el arqueólogo explicó que trataban de legitimar el uso de los territorios y constituían elementos de apropiación e identificación de los grupos humanos y los recursos de la zona. La cueva de la Victoria atesora, por tanto, una pequeña pero importante colección de arte rupestre paleolítico cuyo estado de conservación general es malo.

El legado artístico dejado por las poblaciones de cazadores que usaron la cueva como refugio hasta hace aproximadamente 10.000 años no es lo único que la hace distinta, sino el hecho de que se complemente con el arte esquemático posterior de los primeros pastores y cazadores del Neolítico. Según el arqueólogo, el final de la glaciación favoreció los primeros asentamientos humanos fuera de las cuevas con el desarrollo de la agricultura y la pesca, por lo que éstas se transformaron en un lugar de los antepasados y en lugares de enterramiento.

La cueva de la Victoria lo fue a partir de hace 6.000 años y en torno a ese depósito funerario se realizaron nuevas pinturas en las paredes. “La conocida como sala del Dosel representa el culmen artístico de aquel periodo, un espacio artístico-funerario en el que fueron dispuestos dos grandes frisos enfrentados de forma simétrica con motivos de arte esquemático que hacen de este lugar un conjunto extremadamente excepcional y donde radica la verdadera importancia de este enclave”.

Los temas representados son fundamentalmente antropomorfos y signos, e incluso pudo querer representarse algún tipo de armamento. La mayoría de las figuras humanas se basan en un esquema simple que representa el tronco y las extremidades superiores. Sin embargo, aparece uno también con las extremidades inferiores, de mayor tamaño que el resto y el único caso en el que el sexo parece haberse representado de forma explícita.

Precisamente el mismo sitio donde aparecieron las pintadas vandálicas representa, aseguró Cantalejo, “el ejemplo estudiado más claro y evidente ritual de hacer un espacio subterráneo en un panteón decorado y que supone un modelo sepulcral que 3.000 años después fue usado por grandes civilizaciones mediterráneos como los egipcios”. En definitiva, un lugar único.

Un museo de la Prehistoria en el absoluto olvido

El estudio del arquitecto Luis Machuca resultó en 2010 el ganador del concurso convocado por el Ayuntamiento de Rincón de la Victoria para construir el que sería el Centro de Interpretación de la Prehistoria de Andalucía y musealización de la Cueva del Tesoro, llamado a ser referente de la Prehistoria del litoral. El proyecto, que contaba para su ejecución fondos europeos, contemplaba el propio edificio del museo, la puesta en valor de las cuevas del Cantal, declaradas Bien de Interés Cultural (BIC), y el diseño de un parque arqueológico en torno al conjunto. El equipo de investigación de Pedro Cantalejo participó en la redacción de la parte expositiva del proyecto que nunca se ejecutó.
Fuente: malagahoy.es | 18 de junio de 2017