Las modernas técnicas de análisis genético sostienen que los hombres actuales provienen de una pequeña población de Homo sapiens que vivió hace unos 200.000 años en África. Es lo que se conoce como reloj molecular: teniendo en cuenta la diversidad genética entre individuos y las mutaciones que se producen de forma natural, que siguen patrones de cambio evolutivo más o menos estables, es posible retroceder en el tiempo y encontrar la convergencia.

Según subrayan los manuales de paleontología, diversos fósiles humanos anatómicamente modernos localizados en el este y el sur del continente avalan está hipótesis. Por ejemplo, un yacimiento bien documentado es el de Kibish, cercano al río Mo, en Etiopía, donde en 1967 se localizó un cráneo de hace 195.000 años con un volumen cerebral de 1.435 centímetros cúbicos.

Sin embargo, los restos humanos localizados en el yacimiento marroquí de Jebel Irhour, presentados esta semana por la revista Nature, desafían los dogmas: no solo han aparecido en el noroeste de África, una región alejada de los grandes yacimientos de la considerada cuna de la humanidad, sino que tienen una antigüedad estimada de 315.000-286.000 años, 100.000 más que los restos más antiguos atribuidos hasta ahora a Homo sapiens.

La cronología se ha obtenido tras datar con varios métodos las herramientas de piedra que aparecieron en los estratos de los huesos. «El descubrimiento reescribe los libros de texto sobre la aparición de nuestra especie», consideró al presentar los resultados el primer autor del estudio, Jean-Jacques Hublin, del Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva, en Leipzig (Alemania).

COMBINACIÓN DE RASGOS

Los huesos de Jebel Irhour, sin embargo, no son exactamente iguales que los de un humano actual. Son incluso diferentes a los de Kibish. La parte delantera del cráneo muestra rasgos faciales muy modernos, pero la posterior es más arcaica. Pese a ello, los autores del trabajo no tienen dudas de que se trata de Homo sapiens, no de antepasados, y para confirmarlo presentan análisis anatómicos de huesos y de dientes. Los mismos trabajos sirven para alejarlos de otras especies como Homo heidelbergensis, supuesto antepasado común de los neandertales y de los hombres modernos.

¿Cuándo son humanos modernos y cuando son antecesores? El problema, considera Carles Lalueza Fox (izquierda), especialista del Instituto de Biología Evolutiva de Barcelona (CSIC-UPF), es que el concepto de «especie» es muy poco preciso. Lalueza, que ha participado en proyectos sobre el genoma del neandertal, dice que la moderna evolución del Homo sapiens es un «complejo proceso» de constantes cruces entre poblaciones. «Nos empeñamos en ver la evolución como un árbol que se bifurca en ramas, una de las cuales acaba siendo la nuestra, pero la realidad es que es mejor hablar de un arbusto lleno de interconexiones».

Sin ir más lejos, en el yacimiento sudafricano de Florisbad se han localizado unos restos de hace 260.000 años vinculados al precursor Homo heidelbergensis. Y un poco posteriores (235.000 años) son los fósiles de Rising Star, también en Sudáfrica, atribuidos a una especie humana de cerebro muy pequeño, Homo naledi.

«Normalmente se considera que dos animales son de la misma especie cuando se pueden reproducir entre ellos, pero eso, en la mayoría de las ocasiones, no lo podemos determinar con los fósiles», explica Assumpció Malgosa (derecha), profesora de Antropología Física de la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB).

«Cuando no hay ADN no hay más remedio que basarse en los restos morfológicos, y es entonces cuando aparece la subjetividad», prosigue la investigadora, que lidera el GROB, grupo de investigación dedicado a la reconstrucción de personas y poblaciones a partir de sus restos. Ante un mismo cráneo con una característica más primitiva, insiste Malgosa, «un investigador puede considerarlo una reminiscencia arcaica dentro de una especie moderna y otro puede opinar que se trata de una especie arcaica».

En la misma línea se pronuncia María Martinón Torres (izquierda), paleontropóloga del University College de Londres: «En los fósiles de Jebel Irhour vemos características que nos permiten vincularlos a los sapiens, como el cerebro grande y una cara más grácil parecida a la nuestra». «Podemos ver un ancestro, un grupo de población que está cambiando a lo que luego seremos nosotros, pero no tiene todos los rasgos. El nombre que le pongamos seguirá siendo una convención».
En principio, dos poblaciones de una misma especie pueden desarrollar incompatibilidades reproductivas con el paso del tiempo. Sin embargo, la teoría está «llena de excepciones», concluye Lalueza. Los lobos y los coyotes, y también los osos pardos y los osos polares, los consideramos especies diferentes pero se pueden aparear y tener descendencia viable.

Fuente: diariocordoba.com | 11 de junio de 2017

La aventura del ‘Homo sapiens’ empezó antes de salir de África

Por María Martinón-Torres

El origen de nuestra especie está en África. Esta es una de las teorías de mayor consenso en el campo de la evolución humana. Los estudios genéticos de las últimas décadas apuntan de forma uniforme al continente africano como origen de toda la diversidad humana actual. La evidencia “dura” la proporcionaban los restos fósiles hallados en yacimientos como los de Herto y Omo en Etiopía que, con 180.000 años de antigüedad, mostraban ya algunos de los rasgos que consideramos exclusivos de nuestra propia especie.

Sin embargo, y a pesar de dedicar tanto esfuerzo a descifrar nuestros orígenes, Homo sapiens era irónicamente la especie sin pasado, la que aparecía de la nada, sin un antepasado claro en el continente africano. En otras palabras, sabíamos que veníamos de África, pero apenas teníamos idea de qué había sucedido allí.
Los hallazgos fósiles del yacimiento de Jebel Irhoud en Marruecos, y su nueva datación –en torno a los 300.000 años– comienzan a cubrir un vacío importante. Estos huesos, de gran tamaño cerebral y una cara muy parecida a la nuestra, podrían representar a los ancestros directos de los humanos modernos.

Aunque carecen todavía de los rasgos que se consideran exclusivos de Homo sapiens –como la frente vertical, el cráneo alto y abombado o nuestro característico mentón–, son mucho más gráciles y parecidos a nosotros que la mayoría de los restos conocidos para este periodo. Por eso, bien pueden representar la raíz del linaje que culminó con nuestro propio origen.

El hallazgo no está exento de sorpresas. Además de cubrir un periodo mudo en la historia de nuestra propia especie, sorprende su localización geográfica. Hasta ahora, fósiles humanos de antigüedad similar solo se habían encontrado en el este y el sur de África, y el único que presentaba características similares a los de Jebel Irhoud era el cráneo de Florisbad (derecha), en el extremo opuesto del continente, en Sudáfrica, datado en 260.000 años y clasificado por algunos investigadores dentro de la especie Homo helmei.

El descubrimiento de Jebel Irhoud nos recuerda que África es grande, y que los paleoantropólogos hemos sido ingenuos creyendo que lo complicado de nuestra historia comenzaba cuando Homo sapiens abandonaba su cuna hace unos 100.000 años. Creíamos que solo al salir de África empezaban las aventuras para los humanos modernos, al enfrentarnos a un clima mucho más cambiante y árido, a paisajes quebrados de montañas y a otros grupos de humanos, como los neandertales y los denisovanos, con los que habríamos de tener descendencia.
Un crisol de poblaciones diversas
Gracias a este yacimiento marroquí comprendemos que toda África puede potencialmente tener algo que ver con nuestro origen. En sus raíces más profundas, Homo sapiens era ya un crisol de poblaciones diversas que habitaron y llegaron a dispersarse por diferentes regiones de la gran África, y no solo el producto de la evolución lineal en un único lugar.
Homo sapiens se revela como una especie cosmopolita que conoció mundo antes de adentrarse en él. Esto incluye la fascinante posibilidad de que nuestros ancestros hayan conocido, ya en África, otras especies humanas. La revelación de que Homo naledi, una especie descubierta en Sudáfrica, solo tiene 300.000 años a pesar de su aspecto casi ‘australopitecino’, plantea el apasionante escenario de que quizá nuestros antepasados se cruzaron, en todos sus sentidos, con otra especie que hoy ya no existe.

En la novela En busca del tiempo perdido de Marcel Proust, su protagonista recupera la memoria enterrada de su infancia al probar una magdalena mojada en leche. Esa experiencia sensorial le devuelve los recuerdos que no sabía que tenía y a partir de ahí pasa a recorrer su pasado y explorar su visión del mundo. Con los fósiles de Jebel Irhoud destapamos el pasado desconocido de nuestra especie, la infancia del linaje Homo sapiens. Como la magdalena de Proust, esto fósiles nos han devuelto la memoria.

Fuente: SINC | 12 de junio de 2017

Los vuelcos de la evolución humana

Estamos habituados a que muchas noticias de carácter científico se magnifiquen con titulares llamativos. En el ámbito de la evolución humana, la mayoría de los hallazgos realizados en los últimos años aparecen en los medios con la calificación de acontecimientos extraordinarios. Cada uno de esos hallazgos parece que nos obliga a reescribir la historia de la evolución humana. La noticia suele ir acompañada de titulares que invitan a la lectura. Es lo que toca. De ese modo, la evolución humana se nos muestra como una ciencia convulsa, con pies de barro, que “da un vuelco” cada vez que se encuentra algún yacimiento o fósil merecedor de ser publicado en revistas como Science o Nature. Si los/as lectores/as no conocen bien este ámbito científico, su confianza en las investigaciones que tratan los orígenes de la humanidad será más bien escasa ¿Tiene todo que empezar de cero cada vez que se encuentra algo interesante? Por supuesto, la respuesta es un rotundo NO. Aunque muchos hallazgos resulten sorprendentes, tan solo se necesita reformar una parte del edificio, que se lleva construyendo desde hace muchas décadas. Así funciona la Ciencia.

El caso de los dos últimos artículos recién publicados en la revista Nature son un claro ejemplo. Vaya por delante que los dos trabajos sobre el yacimiento de Jebel Irhoud, en Marruecos son excelentes y representan un paso adelante muy importante. Este yacimiento se conoce desde 1960. Los trabajos de cantería en un macizo de caliza cercana a la ciudad costera de Safi, situada a unos 400 kilómetros al sur de Rabat, dieron con resultado el hallazgo de un yacimiento arqueológico-paleontológico. Los primeros restos humanos se encontraron en 1961 y 1962, junto a abundantes restos de fauna y de herramientas de piedra. La interpretación de este lugar y su cronología han pasado por numerosas vicisitudes. Los métodos de datación han mejorado sensiblemente en estas últimas décadas, y de los iniciales 40.000 años de antigüedad hemos pasado a los 300.000 años, como nos revela uno de los artículos de la revista Nature. Este ha sido un paso crucial para comprender los hallazgos del yacimiento de Jebel Irhoud, que incluso fueron clasificados como una población neandertal del norte de África.

El científico Jean Jaques Hublin en Jebel Irhoud. Fuente: Los Angeles Time.

El método de la termoluminiscencia ha sido empleado para datar las herramientas asociadas a los fósiles humanos que fueron calentadas en las hogueras intencionadas realizadas en aquel lugar. El promedio de las fechas obtenidas fue de 315.000±34 años, que concuerda bien con otras dataciones obtenidas por medio de las series de uranio y ESR: 286.000±32 años. La cronología también es consistente con los restos fósiles de las especies halladas en Jebel Irhoud. Daniel Richter (Instituto Max Planck, Alemania) lidera uno de los dos artículos de Nature, junto a varios geocronólogos de primera línea.
Estas dataciones envejecen en casi 150.000 años las dataciones anteriores y llevan la industria asociada, clasificada en una tecnología conocida como “Middle Stone Age”, a una cronología muy antigua. Seguramente algunos arqueólogos no estarán muy satisfechos con este dato, porque esta tecnología siempre se ha considerado más reciente y asociada a los orígenes de nuestra especie. Y aquí llega el lío.

El artículo que describe los fósiles humanos ha sido liderado por Jean-Jaques Hublin, actual director del Departamento de Evolución Humana del Instituto Max Planck y Philip Günz, uno de los más reputados expertos en evolución del cerebro.

Las recientes excavaciones en Jebel Irhoud dieron como resultado el hallazgo de más fósiles humanos, rodeados de un contexto muy claro de herramientas y fósiles. Todos los hallazgos proceden del mismo nivel y, por primera vez, las excavaciones se han realizado con rigurosidad. Este nivel (el número 7) ha proporcionado los restos de al menos cinco individuos: tres adultos, un adolescente y un niño. Aunque el último cráneo recuperado ha tenido que ser restaurado de manera digital, su aspecto recuerda al primer cráneo encontrado en los años 1960s.

Comparación del cráneo 1 de Jebel Irhoud (izquierda de la imagen) con el cráneo de Cro-Magnon.

La morfología de los restos de Jebel Irhoud puede ser interpretado de manera diferente por distintos expertos. La mandíbula no tiene un mentón propiamente dicho, como el de la humanidad actual; pero su aspecto general no dista mucho del nuestro. Lo mismo sucede con el primer cráneo encontrado en 1961 (número 1) y con la reconstrucción del nuevo cráneo (número 10). Su parte posterior no es tan esférica como la nuestra. El cráneo es más bajo y carece de la notable expansión de las bolsas parietales. Pero la frente es muy vertical y la cara es prácticamente como la nuestra. Así que nos encontramos ante unos restos, que muchos se atreverían a incluir en la especie Homo sapiens, mientras que otros/as serían más cautos/as. El cráneo de Florisbad, en Sudáfrica (260.000 años) tiene un aspecto muy similar a los cráneos de Jebel Irhoud y fue incluido por su descubridor en la especie Homo helmei.

¿Qué reflexiones podemos hacer sobre este dilema? Una posible solución consistirá en ampliar la variabilidad admitida para nuestra especie y así poder incluir el ella los restos de Jebel Irhoud. También podemos discrepar de las conclusiones de Hublin y sus colegas y reconocer que estamos ante los restos de la especie que sin duda precedió a la verdadera especie Homo sapiens, con todos sus atributos esqueléticos.

El mismo problema ha surgido en Europa con el hallazgo de los humanos de la Sima de los Huesos de la sierra de Atapuerca. Nos lo recuerda el investigador Chris Stringer en su artículo de la sección de News & Views del mismo número de la revista Nature. Los humanos de la Sima de los Huesos no son “Neandertales clásicos”, con todos los rasgos que caracterizan a esta población europea; pero su aspecto era ya muy similar al de los Neandertales. Desde 2014, los humanos de la Sima de los Huesos dejaron de tener un nombre oficial, al haber sido separados (pienso que acertadamente) de la especie Homo heidelbergensis. Los humanos de Jebel Irhoud y Sima de los Huesos precedieron a los “sapiens clásicos” y a los Neandertales clásicos, respectivamente. Si fueran incluidos en Homo sapiens y en Homo neanderthalensis tan solo tendríamos que ampliar nuestros horizontes mentales. La segunda solución pasa por incrementar el repertorio de especies de nuestra genealogía. Cualquiera de las dos soluciones supondría una pequeña reforma del edificio.

Los yacimientos de Florisbad y los de Jebel Irhoud distan unos 11.000 kilómetros. Su cronología y la morfología de los cráneos es muy similar. Todos estos hechos nos llevan a otra reflexión. Tenemos dos opciones: 1) La especie ancestral a Homo sapiens (quizá Homo helmei) estaba bien repartida por todo el continente africano hace 300.000 años y solo una de las poblaciones de esta especie dio lugar a la nuestra; y 2) La especie Homo sapiens es más antigua de lo que se pensaba hace tan solo unos días y hace 300.000 ya se había expandido por toda África. En el próximo post trataré de responder a esta cuestión con nuevos datos procedentes del campo de la genética.